
Fuimos al mismo hotelito de hace veinte años, y era -quizá en otro piso- la misma habitación.Yo me acosté primero y lo miraba ir y venir con su pijama azul, los pies descalzos sobre la alfombra raída.No parecía alegre ni triste.Y la imagen me encegueció cien veces evocada, petrificada, pero no desgastada, aún brillante de frescura: Maurice caminando descalzo sobre esa alfombra, con su pijama negro; se había alzado el cuello, las puntas encuadraban su rostro, hablaba desordenadamente, con una exitación infantil.Comprendí que yo había ido a allí con la esperanza de reencontrar a ese hombre perdido de amor: desde hace años y años no he vuelto a encontrarlo, aunque siempre se superponga ese recuerdo, como una muselina diáfana, a las visiones que tengo de él.Esa noche, precisamente porque el marco era el mismo, al contacto con el hombre de carne y hueso que fumaba un cigarrillo, la vieja imagen se hizo polvo.
Tuve una revelación fulminante:
el tiempo pasa.
Me eché a llorar.Se sentó en la cama, me abrazó tiernamente:-Querida mía, no llores ¿por qué lloras?
Acariciaba mi pelo.Me besaba fugazmente en la sien.
-No es nada, ya pasó-le dije- Estoy bien.
"La mujer rota" de Simone De Beauvoir
Foto: http://deteneltiempoporfi.blogspot.com